Los actores son seres creativos y sensibles, quienes buscan encontrar su luz y su florecimiento en las artes escénicas. Pasan años inmersos en entrenamientos intensivos y no tienen la seguridad de encontrar un empleo que les permita contar con cierta seguridad económica para su presente o su futuro. Más sin embargo ese deseo voraz de estar sobre un escenario, de brillar, de ser valorado, aplaudido y reconocido, va más allá de los sacrificios que tienen que hacer durante su proceso de convertirse en lo que ellos consideran su verdadero ser, su único ser, su ser actores. Hamilton (1997) expone que los artistas con frecuencia encuentran difícil el poder separar el quienes son con lo que hacen, ya que la vocación y la identidad se entretejen y se funden en una sola, en un solo yo. Muchos actores sacrifican el esparcimiento, las actividades sociales, las relaciones profundas, las conversaciones simples pero sentidas, la relación con el otro fuera del escenario por pasión y lealtad a esa musa Melpómene, que abraza la tragedia o a Talía aquella que acoge la comedia. El precio de perseguir esta pasión y alcanzarla  puede que se perciba que vale la pena en esos momentos, aún a pesar de haber perdido su propia identidad como ser social y relacional en los demás aspectos de su vida. Hamilton nos comparte que el aspirante a actor profesional cuya identidad está basada exclusivamente en su desempeño escénico es menos propenso a permitirse experimentar las desilusiones habituales de la profesión, sin  embargo la caída es larga y pesada si no se obtiene un papel estelar o el reconocimiento tan deseado de su profesor o mentor artístico, esto provoca un gran golpe en su autoestima y por ende en su ser actor y en su ser terrenal.

Esta caída del escenario de la vida, puede ser más gentil si se conoce y reconoce la otra parte del personaje, ese ser real que narra historias a otros seres que no le van a aplaudir con las manos, pero si con el corazón y la razón. Es importante conocer esa otra parte del actor, el ser que le da vida a los personajes a quienes se les valora por ser quienes no son en realidad, una personificación momentánea de un espacio en la historia, que no es la propia historia. El tener un profundo autoconocimiento del ser actor y ser humano es el permiso que todo actor se debe dar.

Aunada a esta desintegración del ser humano y ser actor, se encuentran las vicisitudes cotidianas de la misma profesión, como son la escases de oportunidades de trabajo, el desconocimiento de los procesos para alcanzar ese tan deseado sueño, las conversaciones, las comunicaciones y relaciones no generativas, las preguntas que no se hacen y las que se hacen sin recibir respuesta alguna y sobre todo el empobrecimiento de las arcas. En el proceso de la búsqueda de trabajo, del logro de esa pasión los actores comúnmente experimentan altos niveles de rechazo (Hamilton, 1997), desafíos que pueden consumir sus niveles de resiliencia, de optimismo y motivación. El tener un alto nivel de autoconocimiento, puede hacer de este camino un sendero menos espinoso y menos doloroso.

Hamilton, L. H. (1997). The person behind the mask: A guide to performing arts psychology. Greenwich, CT: Ablex.