La profesión u oficio de ser actor es una de las más antiguas de la humanidad, la cual no tiene una fecha registrada con exactitud, más si se reconoce que desde las tribus ancestrales las representaciones escénicas eran parte fundamental de sus rituales, de su manera preferida de expresión, de su proceso de conocerse y de celebración. Brocket (1982) expone que los actores y el dramaturgo eran uno, hasta que en el siglo V antes de Cristo, Aeschylus introdujo un segundo actor. Fueron los griegos quienes le empezaron a dar importancia al ser actor, y en dónde se ponía más énfasis era en la voz ya que los actores eran juzgados antes que nada por su belleza y tono de voz. Esto no ha cambiado a través de los años, los actores siguen siendo una población aparte, juzgada, desvalorizada y con grandes limitantes impuestas por la sociedad y el medio en el que se desenvuelven.

Piper (2016) afirma que existe un “algo” que mantiene a los actores ejerciendo su oficio ante la inseguridad de obtener un trabajo, de lograr una carrera estable y la posibilidad real de que en algún momento la mayoría no logrará los ingresos necesarios para sobrevivir ejerciendo su oficio. Ese “algo” enfatiza Piper, es pasión. Una pasión que puede llegar a alimentar al ser actor y desnutrir al ser humano, una pasión que puede llegar a ser obsesiva y no armónica. Vallerand (2015) nos presenta un modelo de pasión que es dualista: la pasión armónica, en dónde la actividad que se realiza se encuentra en armonía con las diversas actividades que el individuo lleva a cabo en su vida diaria y por el otro lado, la pasión obsesiva, que desea continuar y continuar haciendo lo que hace, sintiendo lo que siente, aun cuando todo esto sea un impedimento para la realización de sus otras actividades. Es en este último estado que se pierde el autoconocimiento, se persigue algo de manera impulsiva y se pierde la verdadera esencia del ser humano. Esa pérdida de autoconocimiento, la obstinación de perseguir y vivir un personaje que probablemente solo se encuentre en las entrañas de la imaginación, es una puerta hacia el vació a la que los actores están expuestos.

El rechazo es otra piedra constante en el camino hacia el estar frente a los reflectores, lo que lleva a los actores a un vació más profundo y solitario. El actor con frecuencia se encuentra inmerso en la duplicidad de “ser actor” y “hacer actor”, le es difícil separar su yo, su esencia de su trabajo (Kaplan, 2003). Esta pérdida de identidad solo lleva al profesional de las artes escénicas por un sendero muy empedrado, y no le permite expresar su verdadero ser ni su talento. Es importante para el florecimiento escénico y personal que el actor pueda comprender quien es realmente como ser humano y como personaje, que fortalezas, valores y virtudes lo sustentan, cuál es su propósito y sentido de vida, que le quiere dejar al mundo con su arte y con su ser.

Brockett, O. G. (1982). History of the Theatre. Boston, Massachusets: Allyn and Bacon, Inc.

Kaplan, J. C. (2003). Breaking a leg without breaking the spirit: an Exploration of actor’s psychospirituality (Doctoral dissertation). Recuperado de: ProQuest Dissertations & Theses

Piper, A. (August, 2016). Passion in Professional Actors: Antecedent Needs & Well-being Correlates. Paper for submission to Journal of Personality (Wiley).

Vallerand, R. J. (2015). The Psychology of Passion: A Dualistic Model. New York: Oxford University Press.